Me encantaría que mucha gente con la que me he cruzado en mi vida tuviera un buen recuerdo mío.
Sería fantástico pensar que uno ha ido por el mundo haciendo el bien, siendo un don para los demás, habiendo estado cuando nos han necesitado.
En nuestro trabajo, con nuestros compañeros, con los clientes, con la gente de la calle, con nuestra familia, con todo aquel que necesita que se le escuche, con quien necesitaba un abrazo...
Y surgen muchas preguntas: ¿Cuántas veces hemos huido de nuestras responsabilidades? ¿Cuántas veces hemos sido conscientes de cosas que estaban mal y no hemos hecho nada por cambiarlas?
Al final no es solo que haya mal en el mundo, sino que haya hombres buenos que no hagan nada. Esta es una variante de lo que dijo Edmund Burke y que tanto se aplica ahora, porque los buenos siguen sin hacer nada.
El mundo no puede cambiar si nosotros no cambiamos.
¿Pero por qué tengo que cambiar yo si son los demás quienes lo hacen mal?
Porque todos podemos hacer algo más de lo que hacemos.
La solución está en poner un poquito de corazón a la vida. Ser un don para los demás.
"De la abundancia del corazón, habla la boca" (Lc 6:45).
El problema es que ahora no hay corazón. Ha desaparecido.
Leía el otro día una pregunta que muchos se hacen ahora:
¿Cuánto valgo?
¿Pero de qué depende tu valor?
¿De lo guapo o feo que seas, de la edad que tengas, de tus capacidades, de tus éxitos profesionales o laborales, del dinero que tienes, de la opinión que otros tengan sobre ti, de lo que te aplaudan, del número de seguidores en tus redes sociales?
¿De verdad podemos pensar que nuestro nombre puede figurar en el libro de la vida eligiendo esas prioridades?
En ocasiones hay que elegir entre merecer que pongan tu nombre a una calle o merecer que escriban tu nombre en el libro de la Vida. Yo, prefiero lo segundo.
Decía el Papa León XIV (13-02-2026):
"Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz".
Seguro que así, pondríamos un poquito de corazón a la vida.
Vencer el mal con el bien es la consigna divina.
Salir cargado con buena semilla y sembrar. Con una buena semilla capaz de cambiar el mundo.
No debemos cansarnos nunca de sembrar, ni de darlo todo por perdido.
Hay que sembrar aunque se fracase, porque ningún fracaso es inútil; más bien es una enseñanza para aprender.
Lo importante es no salirse del camino; y si lo hacemos, volver a él, porque si no, estamos perdidos.
¿Nos atrevemos a mantener este propósito?:
Empeñarnos en hacer un poco más felices a las personas con quienes nos vamos a encontrar en este día. Que saquemos fuerzas para no cansarnos nunca de hacer el bien a nuestros hermanos y quitar de ellos todo lo que les haga sufrir. Que estando con nosotros, la vida se les haga un poco más fácil y placentera.
¿Nos damos cuenta que solo nos van a juzgar por el amor que hemos dado?
"Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"

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